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Posts Tagged ‘Carranza’

+ Surge una temeraria lógica de confrontación

+ Distorsión de la historia: los buenos y los malos

+ Se pretende impedir la alternancia a cualquier costo

+ Admirable ejemplo de civismo de los michoacanos

JUGAR CON FUEGO

Francisco Rojas

En los últimos días han ocurrido acontecimientos importantes para la vida del país, ligados entre sí por una temeraria lógica de confrontación electoral. En primer término, la Cámara de Diputados aprobó en tiempo y forma el Presupuesto de Egresos de la Federación para 2012, modificando el proyecto enviado por el Ejecutivo, que era centralista, antifederalista, electorero y no protegía al país de las corrientes recesivas externas, mediante el estímulo al crecimiento y al empleo.

 Un segundo hecho se ha dado con una serie de discursos aprovechando cualquier foro, para tratar de impregnar la idea de “los buenos y los malos” distorsionando la historia al identificar a la Revolución Mexicana únicamente con Madero y hacer menciones marginales a figuras centrales como Zapata, Villa, Carranza, Obregón y Calles, por ejemplo.

 Es comprensible que los gobiernos panistas minimicen la esencia popular de la Revolución y desestimen las figuras de quienes lucharon por las garantías sociales y les dieron rango constitucional. Los fundadores del PAN buscaban oponerse a los gobiernos surgidos de la Revolución, y sus herederos actúan en consecuencia.

 Ese mal de origen explica no sólo que se atribuya a Madero todo el mérito de la Revolución, sino que se reduzcan las conquistas del movimiento social a la democracia electoral, cuya evolución, por cierto, fue promovida durante años por los gobiernos del PRI.

 Lo que resulta inaceptable es que se apele a la democracia para justificar la estrategia unívoca de choque contra el crimen organizado, como se hizo al afirmar que México necesita demócratas “que, desde todas las instituciones del Estado, luchen por defender a la sociedad de sus mayores amenazas que representan la violencia, la criminalidad y la impunidad”.

 Otro hecho de gran relevancia fue el proceso electoral ordenado y pacífico de Michoacán, a pesar de la incertidumbre generada por la violencia delincuencial y el precedente de las agresiones arbitrarias a tres decenas de servidores públicos estatales y municipales. Los michoacanos dieron un admirable ejemplo de civismo al resto del país.

 Las elecciones de Michoacán fueron un laboratorio para los comicios federales de 2012. En la campaña del PAN destacaron el derroche de recursos federales a favor de su candidata y la movilización de los delegados de las dependencias federales para inducir el voto, bajo la coordinación de altos funcionarios federales que supervisaron las entregas de dádivas en la entidad.

 Pese a que los partidos derrotados se habían congratulado por el desarrollo pacífico de las campañas, una vez que se dieron a conocer los resultados del PREP y, más tarde, los resultados oficiales, descalificaron el proceso que ellos habían ponderado.

 Particularmente delicado es el discurso falaz y calumnioso que trata de identificar a los gobiernos priístas con el narcotráfico. Las acusaciones, siempre  vagas, han sido constantes desde el inicio de la guerra contra el crimen organizado, pero al ser usadas como argumentos para descalificar el proceso electoral de Michoacán, dan cuenta del nivel que el panismo se propone dar a las elecciones federales de 2012.

 Es comprensible la desesperación por impedir la alternancia electoral a cualquier costo: no pueden jactarse de haber promovido el crecimiento económico con igualdad, de haber impedido el aumento de la pobreza y menos de haber generado los empleos prometidos. Sólo les queda aferrarse a una estrategia que la realidad y los miles de muertos han derrotado y propiciar la cultura del escándalo, la desinformación y la judicialización del proceso electoral, apoyados por cajas de resonancia que no verifican la autenticidad de una noticia.

 Pero están jugando con fuego. Ni las más fuertes obsesiones por el poder justifican que se invoque al narcotráfico como argumento en la lucha política, pues ello no sólo afecta a todos los partidos y actores políticos, sino que deteriora la credibilidad del sistema electoral mexicano que tanto esfuerzo y dinero le ha costado al país. Si lograran hacer creíbles las imputaciones calumniosas y falaces a base de repetirlas, acabarían por debilitar al Estado nacional como un todo, y eso es algo que no debemos permitir los mexicanos, cualquiera que sea nuestra militancia política. Aún es tiempo de recuperar la sensatez y poner fin a la más sucia de las guerras sucias: la que miente inveteradamente para imputar complicidad y delincuencia a los adversarios políticos.

 EL UNIVERSAL, 29 noviembre, 2011.-

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+ Legado de Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón y Cárdenas
+ Después de la Revolución de 1910, la pacificación social
+ Supervivencia de la clase media, en serio predicamento

+ En principios de entonces están las respuestas para hoy

REVOLUCION, HOY

Francisco Rojas

El llamado de Madero al pueblo para que tomara las armas en defensa del voto y contra la reelección fue el detonante de un gran movimiento integrador en el que confluirían la lucha agraria de Zapata, las reivindicaciones populares de Villa, el constitucionalismo de Carranza, la visión modernizadora de Obregón, la institucionalización de Calles y el nacionalismo de Cárdenas.

La Revolución Mexicana no fue dogmática ni propugnó la aniquilación de una parte de la sociedad por otra. Al contrario, fue un proceso histórico abarcador, una concepción moral y política en la que cabe todo el abanico ideológico de la sociedad y que no admite discriminaciones por motivos étnicos, religiosos, ideológicos, sociales, económicos o de cualquier otra índole.

La pluralidad de principios, valores y demandas que convergieron en la Revolución fue reflejo exacto de la diversidad del país definida por la geografía, las costumbres y la cultura. Los mexicanos somos un crisol de razas con iguales derechos, y también integramos un complejo mosaico de ideologías, creencias, concepciones y proyectos nacionales.

Uno de los grandes aciertos de nuestra Revolución fue la pacificación social, la construcción de una estructura institucional y la edificación de una transición democrática gradual, pero firme, para convivir en paz, con tolerancia y mutuo respeto. Las instituciones han podido procesar todas las parcialidades, como lo demuestra el hecho –que no se ha valorado suficientemente– de que en 2000 llegara a la Presidencia de la República un partido creado sesenta años antes como antípoda de los gobiernos revolucionarios.Los gobiernos revolucionarios repartieron la tierra y promovieron el desarrollo rural integral por medio de las instituciones públicas de fomento agropecuario; garantizaron los derechos sociales: educación, salud, nutrición, vivienda y trabajo; edificaron la seguridad social; propiciaron la creación de una amplia base industrial cuya expansión se fundó en el mercado interno y en los estímulos del Estado que, para ese propósito, asumió la rectoría del desarrollo, rescató para la Nación el dominio sobre los recursos del subsuelo y se reservó el manejo directo de los sectores estratégicos de la economía; y propiciaron la formación de una amplia y diversificada clase media, cuya supervivencia hoy está en serio predicamento.

Historiadores, politólogos, economistas y sociólogos se preguntan si la Revolución que se inició hace un siglo es o no funcional para encarar con éxito los problemas actuales de México. La respuesta es que ese movimiento social, lo mismo que la Reforma de mediados del siglo XIX y la Independencia bicentenaria, definió el destino del país y constituye una gran reserva doctrinaria y política para dar respuesta a problemas ya resueltos que han vuelto a emerger, como el bajo crecimiento de la economía, y a otros que son inéditos, como la amenazante expansión de la violencia criminal y su control de espacios que han sido sustraídos, al menos por ahora, al Estado de Derecho.

Los problemas de México en el siglo XXI no pudieron ser previstos por Madero, Carranza o Calles, pero los principios de la Revolución, identificados con los valores permanentes del ser humano, siguen teniendo validez y ofreciendo respuestas. La conjunción de democracia con justicia social, de libertad con equidad, continúa siendo la clave para enfrentar los difíciles problemas de nuestro tiempo.

Los desafíos son inmensos y se retroalimentan unos a otros. Se expande el crimen organizado al tiempo que se contrae la generación de empleos en la economía formal y disminuye la capacidad de la educación pública media y superior para dar espacio a los jóvenes que la demandan y necesitan. Desempleados y sin acceso al sistema educativo, los jóvenes son la parte más vulnerable de la sociedad frente al reclutamiento de las organizaciones criminales que les crea ilusiones y emociones en un ambiente de “resentimiento y venganza social”, como apunta Carlos Fuentes.

La solución empieza por una política que impulse la inversión de las empresas mexicanas comprometidas con programas de generación de empleo, y una política social que incida en los factores que generan la pobreza y no sólo en sus consecuencias. Estas políticas sólo pueden ser emprendidas por un Estado fuerte, con una activa participación democrática de todas las corrientes políticas y de la sociedad y con una voluntad firme de hacer realidad la democracia y la justicia social.

EL UNIVERSAL, 30, noviembre, 2010.- http://bit.ly/hnDYgD

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+  En lugar de contradicciones hay complementariedad

+ Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas

+ Sin Justicia social, la libertad es una ficción

+ México herido por la violencia, miseria, injusticia y desaliento

FRANCISCO ROJAS

 A 100 años del llamado de Madero al pueblo mexicano para hacer valer la democracia, la Revolución se reafirma como el gran movimiento incluyente en el que confluyeron la lucha agraria de Zapata, las demandas populares de Villa, el constitucionalismo de Carranza, la visión modernizadora de Obregón, la edificación institucional de Calles y el patriotismo de Cárdenas.

 La nuestra no es una Revolución dogmática ni propugna la aniquilación de una parte de la sociedad por otra; es un proceso histórico abarcador, una concepción moral y política en la que cabemos todos, sin discriminaciones por motivos étnicos, religiosos, ideológicos, sociales, económicos o de cualquier otra índole.

La Revolución ha armonizado principios, valores y demandas que en la superficie, sólo en la superficie, podrían parecer antagónicos pero que están en la raíz diversa de nuestro pueblo y fueron el germen del México moderno. La Revolución es la gran reserva doctrinaria y política para enfrentar las adversidades de nuestro tiempo y salir más fuertes, más justos y más unidos. Sólo la superficialidad irresponsable o el carcamón perezoso ven contradicciones donde hay complementariedad y probada racionalidad histórica.

 Somos un pueblo diverso por la geografía, las costumbres y la cultura. En la nación coexistimos indios, negros, criollos y mestizos, pero finalmente todos somos mexicanos.

 Cuando estalla la revolución se abrían paso en el norte las pequeñas y medianas empresas agrícolas y surgían las primeras industrias impulsadas por la red ferroviaria. En el centro, sur y sureste, inspirados en la fuerza de las tradiciones, los campesinos exigían la restitución de las tierras que habían sido arrebatadas a sus comunidades.

 Las comunidades indígenas reclamaban su inserción en la modernidad, sin renunciar a su cosmovisión y a sus costumbres.

 La Revolución mexicana estalló como reclamo general de justicia y democracia y fue modulando y decantando sus ideas esenciales sobre la marcha.

 El método fue sencillo y sabio: escuchar al pueblo, entenderlo y respetarlo, identificar sus necesidades y usar los recursos del Estado para mejorar sus condiciones de vida y abrir oportunidades a las nuevas generaciones.

 La estructura institucional de la revolución ha sido capaz de procesar todas las parcialidades. Por eso, en el año 2000 llegó pacíficamente a la presidencia de la república un partido creado como antípoda de los gobiernos revolucionarios. Así es la democracia.

 La Constitución sintetiza los ideales nacidos de la voluntad popular. Es programa y propósito y se cristaliza en dos valores inseparables: democracia y justicia social. Democracia como ejercicio de todas las libertades: de pensamiento y expresión, de reunión y crítica. Democracia que es sufragio efectivo, pero también participación de todos en la toma de decisiones. Libertad que sólo es posible con seguridad, con una economía sólida y con una distribución justa del ingreso.

 Debemos entenderlo bien de una vez por todas: sin justicia social la libertad es una ficción, es palabra hueca, es adorno para el discurso, pero sin el ejercicio pleno de las libertades tampoco es viable la justicia social.

 Transcurrida la fase armada, la revolución se convirtió en proceso creador y se renovó en cada estación histórica del mundo cambiante del siglo XX. Su doctrina es la base para comprender el país que somos, para identificar sus potencialidades, para dar sentido de actualidad y perspectiva de futuro a nuestros valores.

 La Revolución hizo de México uno de los países con mayor movilidad social y política en el siglo XX, confió al Estado la rectoría del desarrollo, reivindicó el dominio de la nación sobre la riqueza del subsuelo, consumó la reforma agraria y creó una amplia planta industrial mexicana. El desarrollo agrícola industrial aumentó las tasas de crecimiento a mediano y largo plazos, y generó empleos.

 El sistema educativo formó capital humano con distintos rasgos de calificación y los sistemas de salud pública, seguridad social, vivienda y otros, duplicaron la esperanza de vida y elevaron el bienestar de las familias mexicanas.

 La defensa del derecho internacional, la promoción activa de la paz y la cooperación internacional para el desarrollo fueron los pilares del prestigio mundial de México.

 La escuela pública y los proyectos culturales fomentaron el desarrollo político entre los jóvenes que emergían del campo y de las áreas urbanas marginadas para convertirlos en profesionistas y trabajadores calificados.

 Por eso afirmo que ahí, en la Revolución Mexicana y su programa está el germen de la transición democrática que transformaría la sociedad y acreditaría la naturaleza incluyente de la nación y su sistema político.

 Los constituyentes del 17 ratificaron las garantías individuales clásicas y elevaron a rango constitucional las garantías sociales. Con espíritu revolucionario Cárdenas convirtió al petróleo en columna vertebral de la modernización; y López Mateos rescató para la nación la energía eléctrica.

 México, confiado en su potencialidad y dueño de su destino constituyó un amplio y generoso sistema de seguridad social para amparar no sólo a los trabajadores sino también a sus familias. Construimos un país que llegó a ser la décima economía del mundo, con tranquilidad y paz social, pero sobre todo, porque teníamos fe en nuestro destino.

 En el Partido Revolucionario Institucional nos consideramos y asumimos herederos y custodios del ideario, el programa y las aspiraciones de la Revolución. Con ellos podemos retomar el camino hacia la justicia social, hoy más que nunca, cuando 6 millones de mexicanos más se han sumado a la pobreza en sólo dos años, y la economía apenas crece, y la violencia criminal secuestra áreas de la geografía nacional.

 El PRI hace suyo el justo reclamo de los jóvenes del siglo XXI por el derecho a construir su porvenir, con su esfuerzo personal como lo hicieron sus padres y sus abuelos. No es justo que los profesionistas mexicanos no encuentren espacio en los mercados de trabajo del país. No es justo ni aceptable que otros, los que ni siquiera tienen lugar en la educación superior sean arrastrados a la informalidad, la emigración o la delincuencia.

 Nuestro país está herido por la violencia, por la miseria, por la injusticia y el desaliento, acentuados en los últimos 10 años. Estas heridas no van a sanar con parches, necesitamos ir a las causas, definir los objetivos y los métodos y actuar en consecuencia. Es inaplazable reforzar la unidad nacional, pero no en torno a una persona, o a una quimera vacía de contenido social, sino a partir de propósitos comunes, tales como la tranquilidad y la paz social y con oportunidades reales de desarrollo.

 Es verdaderamente inaceptable, que en este año del centenario tengamos que defender el patrimonio nacional todavía con controversias constitucionales, en la corte y comisiones especiales en la Cámara de Diputados, para evitar la pérdida de soberanía o la mengua de la rectoría del Estado o la privatización soterrada de los recursos naturales propiedad de la nación.

 No debemos imponer las ideas propias a los otros y menos aún para destruir a quienes piensan distinto, sino para convocar, discutir, acordar y resolver. Es la hora de la política entendida como debate informado y libre entre todos los mexicanos.

 Señoras y señores diputados, en el amanecer del siglo XXI, la Revolución Mexicana exige resolver de manera seria, eficaz y permanente la pobreza, superar para siempre la desigualdad social en sus orígenes, restablecer el estado de derecho en todo el territorio nacional, combatir al crimen organizado en sus causas y cerrar los mecanismos que legitiman las ganancias mal habidas de los delincuentes.

 La Revolución debe ser crecimiento sustentable de la economía con el concurso de los trabajadores y empresarios mexicanos, debe ser defensa inquebrantable de la soberanía que, como lo dice la Constitución, reside en el pueblo.

 La Revolución debe ser oportunidad de progreso para todos y sigue siendo, como en su inicio y desarrollo, la síntesis magnífica de democracia con justicia social.

 La Revolución debe ser apasionada defensa de la libertad frente a los dogmas y prejuicios que intentan anquilosar conciencias y atarnos al pasado.

 La Revolución debe ser defensa de la soberanía, del patrimonio nacional y de la rectoría del Estado en beneficio de los mexicanos de hoy y de mañana.

 La Revolución debe ser esfuerzo constructivo de los mexicanos que creen en el talento de sus hombres y mujeres para convertir en realidad los ideales de la gesta centenaria que hoy conmemoramos.

 Para lograr ser lo que queremos ser, la nación contará con todos nosotros, los mexicanos con ideales de democracia y justicia social. Muchas gracias.

 DISCURSO, 18 noviembre, 2010. H. Cámara de  Diputados, sesión solemne.- http://bit.ly/96VTEJ

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+ Un vistazo a la Historia: Los intentos privatizadores

+ Cuidar las apariencias, sugería el Departamento de Estado

+ El riesgo de los contrato incentivados y de maquila

 

CITAS HISTÓRICAS

Francisco Rojas

Ahora que se debaten en el Senado las iniciativas sobre la reforma petrolera, conviene recordar que los embates e intentos por privatizar la industria no son nuevos. Se remontan a las trágicas consecuencias que tuvo el intento de Madero por revertir la apertura porfirista, estableciendo gravámenes por el petróleo extraído y la obligación a las empresas petroleras de inscribirse en un registro gubernamental.

Carranza, por su parte, incorpora a la agenda de la lucha revolucionaria el rescate de los hidrocarburos, espíritu que se deja sentir plenamente en el Congreso Constituyente de Querétaro, en el decreto tributario de abril de 1917 y el intento por reglamentar el artículo 27 constitucional en 1918, que le costó la vida a manos de un integrante de un grupo paramilitar de apoyo a las empresas petroleras.

También se sabe que los acuerdos de Bucareli permitieron que dicho artículo constitucional no fuese aplicado en forma retroactiva a los títulos de propiedad generados al amparo de las leyes porfiristas, a cambio del reconocimiento del gobierno de Obregón.

Por ello, en su informe presidencial de 1938, Cárdenas señala: “Y para evitar en lo posible que México se pueda ver en el futuro con problemas provocados por intereses particulares extraños a las necesidades interiores del país, se pondrá a la consideración de vuestra soberanía que no vuelvan a darse concesiones del subsuelo en lo que se refiere al petróleo y que sea el Estado el que tenga el control absoluto de la explotación petrolífera”.

El bloqueo de las compañías petroleras y el condicionamiento de los préstamos del Banco Mundial a que éstas regresaran a México fueron otra muestra de las presiones, manifestadas claramente en una carta del subsecretario de Estado Spruille Braden de 1946: “Las compañías petroleras han visto, por fin, el momento de regresar triunfantes a México. El Departamento de Estado no tiene preferencia por ninguna de ellas; sólo busca que su regreso sea astuto y cauteloso en la forma, porque probablemente los mexicanos le darían gran importancia al hecho de que se guarden las apariencias.

“El gobierno de México debe insistir, antes que nada, en que los derechos sobre el subsuelo seguirán siendo propiedad de la nación y debe tratar de evitar la mención de la palabra ‘concesión’. Si las compañías petroleras tomaran parte en el desarrollo de la industria, tendrá que ser bajo contrato, de manera que el gobierno mexicano pueda evitar la impresión de que se están dando concesiones a intereses extranjeros”.

¿Será por eso que ahora en las iniciativas se habla de contrato de maquila, permisos, contratos incentivados, etcétera, para no dar la impresión de que se están dando concesiones a intereses extranjeros?

¿Acaso se pretende por ello darle la vuelta a la Constitución mediante leyes secundarias y afirmar que no existe el concepto de industria petrolera y que lo estratégico es únicamente la explotación del crudo? ¿Tendrá lo anterior algo que ver con el deseo de crear una industria privada petrolera integrada paralela, en donde una parte se rija por un régimen jurídico y lo que quede de la industria nacionalizada por otro? ¿Existirían dos sindicatos y dos contratos laborales?

Pero la embestida de la derecha vernácula no es nueva, basta recordar que el candidato presidencial del PAN dijo en 1957: “Nadie que se precie de ser mexicano dará marcha atrás en materia petrolera. Lo que queremos es que nuestro contrincante diga si va a acabar con la situación que impide a Pemex avanzar. Lo que debe hacerse para salvar a la industria es permitir que la iniciativa privada explote los campos petroleros existentes, que ocupan 83 millones de hectáreas”.

EL UNIVERSAL, 27 mayo, 2008.- Texto íntegro: http://bit.ly/9Jyc41

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