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+ Del Protocolo de Kioto a la Conferencia de Copenhage

+ Es más rentable el cambio hacia tecnologías limpias

+ Encuentro de presidentes de EU y China, signo alentador

ENERGIAS LIMPIAS

Francisco Rojas

Con toda razón, Yvo Boer, secretario ejecutivo de la Convención Marco de la ONU sobre Cambio Climático, calificó a la Conferencia de Copenhague como la más importante y concurrida de la historia. Doce años después de firmado el Protocolo de Kioto, la tasa de emisiones de gases a la atmósfera se ha triplicado, la temperatura del planeta sigue en ascenso, los desastres naturales son más frecuentes y nocivos.

No será fácil, barato ni rápido disminuir la emanación de CO2 que estuvo en la base de la industrialización del mundo desde mediados del siglo XIX, pero el costo de una reorientación programada y gradual hacia el uso de tecnologías limpias y el desarrollo de fuentes alternas a los hidrocarburos es muy inferior a las pérdidas económicas, ecológicas y humanas que encararía el mundo en caso de no hacer nada.

Pese a que los acuerdos de Copenhague no fueron óptimos y aún falta su cumplimiento, las perspectivas son mejores que las de Kioto. El encuentro de los presidentes de EU y China, previo a la reunión, y los compromisos asumidos por ambos, que son los principales emisores de CO2, son signos alentadores.

Es preciso reconocer que esos y los demás gobiernos deberán hacer un trabajo político mayor para poner en práctica los acuerdos. Importantes grupos económicos y políticos en Norteamérica y Europa, cuyo crecimiento acarreó la emisión masiva y permanente de carbono, se oponen a las transferencias de recursos al mundo en desarrollo. Al mismo tiempo, en las economías emergentes, se argumenta que el cambio climático es una deuda de las potencias con el resto del mundo y que restringir ahora las emisiones sería condenar a sus pueblos al subdesarrollo.

Pero el problema es global, ninguna nación está a salvo y los países en desarrollo son los más vulnerables debido a la precariedad de sus recursos y la incapacidad para reconstruir su infraestructura, reedificar las instalaciones industriales perdidas o restaurar los campos agrícolas y ganaderos que son arrasados por fenómenos naturales incontrolables.

El camino es largo y plagado de obstáculos y riesgos, pues por una parte, no se cuenta con tecnologías que hagan económicamente viable la generación de energía eólica, solar y geotérmica a escala industrial, y por la otra, los bioenergéticos no sustituyen a los combustibles fósiles, los complementan en proporciones de 10 a 20%, como en Brasil, que hace 30 años produce etanol a partir de la caña de azúcar. Además, los procesos más comunes de producción de bioenergéticos requieren hidrocarburos y generan contaminantes no carbónicos que, sin embargo, son nocivos para la tierra, el agua y el entorno.

Pero el riesgo principal es el desplazamiento de cultivos y la reducción de la oferta de alimentos con sus efectos sobre los precios internacionales de los granos básicos. Esta no es una opción pertinente cuando la mitad de la población mundial padece hambre, mal endémico en vastas regiones de África y América Latina. Pero hay alternativas promisorias, como la producción de segunda y tercera generación, que no compiten con el sector agropecuario por el uso de tierras cultivables, no utilizan agroquímicos ni pesticidas y reciclan el agua que se utiliza en el proceso.

México está en la franja de países que más sufrirán sequías prolongadas, inundaciones, huracanes, hundimiento de tierras y otras calamidades con el cambio climático. De allí nuestro interés y compromiso con el tema.

Hasta ahora se han anunciado algunos proyectos para producir biocombustibles; uno, a base de maíz blanco, en Sinaloa; otro, para derivarlo de jatropa, en Yucatán; y el último, a partir de algas cultivadas utilizando las emisiones de bióxido de carbono en una central termoeléctrica de la CFE.

Con todas sus posibilidades, los proyectos aislados no son la solución para México ni representan aportaciones significativas a los compromisos con el cambio climático. A pesar de disponerse de los instrumentos legales, no se nota una política integral y a largo plazo de desarrollo energético que proteja la seguridad alimentaria, promueva efectivamente energías limpias que no degraden el ambiente y comprenda la modernización de Pemex como organismo fundamental del Estado mexicano, la reactivación de la petroquímica básica y la refinación. La agenda legislativa del PRI cuidará que se aplique una política de Estado apropiada y vigilará por el cumplimiento de estos propósitos.

 EL UNIVERSAL 29 diciembre, 2009 http://bit.ly/c3tjwi

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+ Desde 2008 empezaron a declinar todos los indicadores

+ La advertencia de Banxico, desatendida por motivos electorales

+ Efectos de la recesión impactan en  el ánmo de los mexicanos

RECUPERAR EL ANIMO

Francisco Rojas

Es explicable –y lamentable– el desánimo social que, con fundadas razones, ha cundido entre los mexicanos. Desde mediados del 2008 empezó la declinación de los principales indicadores económicos, al tiempo que el gobierno promovía reformas regresivas en áreas esenciales, como la energética. El modelo exportador se tambaleó.

La caída se inició con la desaceleración de Estados Unidos, de la que dependen más de cuatro quintas partes de nuestro comercio exterior y el grueso del flujo de capitales y tecnología. La reacción en cadena frenó la economía real y, al principio, parecía no afectar al sector financiero, al que se creía “blindado” e invulnerable a las calamidades del entorno mundial.

El “boquete fiscal” fue advertido por el Banco de México desde abril de 2009 y en el primer Informe Trimestral de las Finanzas Públicas, pero se decidió ignorarlo por motivos electorales. El problema, sin embargo, era real y tuvo efectos demoledores sobre el conjunto de la economía: contracción de los créditos a la producción, en especial a las pequeñas y medianas empresas, cierre de empresas, despidos, morosidad en el pago de créditos, desaceleración del consumo y demás fenómenos conocidos.

El ánimo social empezó a declinar a medida que la recesión afectaba la vida misma de la gente. No fue para menos: cientos de miles de hombres y mujeres jefes de familia han perdido su empleo y millones de mexicanos cayeron en la pobreza alimentaria y de otras modalidades. Lo anterior, sumado a otras viscitudes provocó que el presidente Felipe Calderón comentara con alivio en una reciente reunión social que “lo mejor de 2009 es que ya va a terminar”.

Pero en las sociedades como en las personas, el desaliento socava las capacidades, ahonda la aflicción e incapacita para la acción. México tiene salidas y los mexicanos también, a condición de que no nos derrotemos a nosotros mismos como país ni como sociedad. Hay razones para recuperar el ánimo; el reporte de The Economist sobre las proyecciones económicas para 2010, por ejemplo, prevé que el PIB mexicano crecerá en un 3% en 2010 y la capacidad de compra del país será de 14,380 dólares por habitante, cifra similar a las de Argentina (14,630), Chile (15,010) y Rusia (15,330), y superior a la de Brasil, que se situará en los 10,740 dólares por persona.

Lo anterior abre grandes posibilidades para apoyarnos en nuestro mercado interno, a condición de que cambiemos de paradigmas para disminuir nuestra dependencia del mercado externo, sin perder las ventajas de la globalización, y retomemos las verdaderas prioridades de la sociedad: el impulso efectivo a las empresas pequeñas y medianas, la disminución de los índices escandalosos de desempleo y el abatimiento de la pobreza con políticas que articulen la capacitación con la apertura de fuentes de trabajo permanentes y no atenidos a los programas asistencialistas. Hay soluciones, como las empresas familiares que conviven con las modernas compañías de la India, no como “changarros” sino como micro-negocios productivos, para cuyo financiamiento se creó un banco que proporciona créditos a tasas de interés y plazos accesibles.

Los legisladores del PRI estamos comprometidos a promover medidas eficaces para frenar los efectos devastadores de la crisis sobre la población y reactivar la economía, no sólo a través de políticas hacendarias progresivas que alienten la inversión y el empleo y otras medidas. Sino también mediante una asignación más eficiente de los recursos públicos y una mejor vigilancia de su administración y ejecución, transparente y con rendición de cuentas.

El trabajo permanente en las Comisiones y la acción más escrupulosa de la Auditoría Superior de la Federación son factores importantes para una tarea que no sólo es de los legisladores o el gobierno, sino de todos, sin desaliento por los tiempos malos y con fundada confianza en nosotros mismos.

México no está al borde de la catástrofe y tiene potencial para recuperar su crecimiento económico con verdadero desarrollo social. Depende de nosotros; de que no bajemos la guardia; de que hagamos las reformas que realmente requiere el país y no nos contentemos sólo con paliativos para volver a más de lo mismo; depende de que recobremos el ánimo y la esperanza. La Independencia y la Revolución centenarias nos enseñan que el pueblo mexicano es capaz de grandes hazañas cuando tienen líderes reales que saben lo que quieren y se rodean de los mejores hombres.

EL UNIVERSAL 15 diciembre, 2009 http://bit.ly/dx4CBg

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+Defensores del libre mercado pregonan el fin de la crisis

+Reflexiones un año despues de la quiebra de Lehman Brothers

+En México, dos crisis superpuestas sin las respuestas adecuadas

DOS TESIS

Francisco Rojas

La semana pasada se cumplió un año del desplome del gigante financiero Lehman Brothers, que desencadenó una sucesión de quiebras de bancos en todo el mundo, abatió los índices de las bolsas de valores, provocó cierres de empresas y despidos masivos de personal, provocando la convulsión más grave de la economía internacional en 80 años.

La crisis financiera ocasionó la destrucción de infraestructura, el abandono de instalaciones industriales y comerciales, el hambre y la miseria de millones de familias. Gobiernos como los de Estados Unidos, Gran Bretaña, China y algunos países emergentes reaccionaron con medidas anticíclicas para salvar a bancos e industrias claves y generar empleos urgentes en reparaciones, mantenimiento, infraestructura ligera y otros.

Esa situación no se ha revertido; al contrario, Paul Krugman, premio Nobel de Economía, advierte que, de no hacerse cambios profundos en las finanzas mundiales, en cinco años más puede presentarse un fenómeno similar. Existen coincidencias de que la recuperación será lenta, sobre todo para economías como la de México que dependen grandemente de la exportación, el turismo y las remesas. Y también, que no es el momento de atenuar las medidas anti cíclicas de emergencia; el éxito de China así lo demuestra.

Lo que queda claro es la inoperancia del Consenso de Washington y la incapacidad del mercado para autorregularse. El destino de la humanidad —y de los mexicanos— se está dirimiendo en la lucha entre dos tesis: la que busca mantener el statu quo con mínimos cambios pese al agotamiento del modelo y su saldo de pobreza y exclusión; y la que impulsa el crecimiento económico con desarrollo social, restaurando el papel del Estado para regular el mercado y atender los reclamos de la sociedad.

Los defensores del libre mercado, con influencia en todos los ámbitos de poder, pregonan el final de la crisis y pretenden, con pequeños ajustes, la vuelta a más de lo mismo. Debido a las incipientes regulaciones, Wall Street ya maneja nuevos instrumentos de deuda, más corrosivos que los derivados anteriores, ahora basados en los seguros de vida, como lo informó The New York Times.

México sufre dos crisis superpuestas: la externa, que disminuye las exportaciones, el turismo y las remesas de trabajadores migratorios; y la interna, estructural, que ha disparado los índices de pobreza al punto más alto desde que se lleva este registro, maximizado el desempleo, hundido al PIB y el ingreso por habitante.

Durante la reciente bonanza petrolera se dilapidó casi un billón de pesos de ingresos excedentes en gasto corriente improductivo, en el pago anticipado de deuda externa, en disminuir la carga fiscal a empresas cuya tributación real es irrisoria, en subsidiar los combustibles, y no se invirtió en la infraestructura necesaria.

Ahora hay lamentos por la insuficiencia de recursos fiscales, debido principalmente a la caída de la producción petrolera y la declinación de las reservas, producto de haber frenado la exploración, sobreexplotado Cantarell, retrasado la reconfiguración y el mantenimiento de las refinerías y descuidado el mantenimiento de ductos, tanques de almacenamiento y otras obras.

Estamos pagando el deliberado debilitamiento de Pemex. Aunque la más reciente reforma energética se ha aplicado a medias, el gobierno pretende nuevas reformas tendientes a privatizar áreas de Pemex, en contraste con países como Brasil, que en vez de ceder a Petrobras la explotación de los recientemente descubiertos yacimientos en aguas profundas, está planteando crear una empresa totalmente estatal, llamada Petrosalt, que tendrá a su cargo esa tarea.

¿Cómo enfrentar la doble crisis? Aquí aparecen las dos tesis: la de siempre, procíclica, que derrocha cuando abundan recursos y, cuando no los hay, retrae la economía con más impuestos y recortes cosméticos al gasto corriente; y la tesis del PRI, que propone una política fiscal anticíclica para reactivar la economía, el empleo y el mercado interno, con el criterio de que contribuyan los que más tienen y no se grave el consumo de alimentos y medicinas, racionalizando programas y estructuras administrativas ineficientes.

La fracción parlamentaria del PRI ha propuesto una serie de medidas concretas e inmediatas para enfrentar la emergencia económica e iniciar cambios estructurales tendientes a lograr el crecimiento económico con desarrollo social, para el bienestar de los mexicanos.

EL UNIVERSAL, 22 de septiembre, 2009 http://bit.ly/9pN6d7

 

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