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+ Debates  entre Presidencialismo y Parlamentarismo

+ Se requiere sistema estructurado de partidos fuertes

+ En México, uno de los sistemas presidenciales más ortodoxos

EL CAMBIO NO ES DE MAQUILLAJE

Francisco Rojas

Existe una corriente en relación a la reforma del Estado, considerable por cierto, que sostiene que es preciso transformar nuestro sistema presidencial en parlamentario o semipresidencial. Yo sostengo que el sistema presidencial es tan democrático como el parlamentario y contiene aspectos más ventajosos que este último.

No podemos generalizar la situación de todos los países de América Latina, dado que nuestros problemas políticos obedecen a causas muy distintas; en ocasiones responden a condiciones de índole interna y, en otras, externa. Está de moda culpar al presidencialismo de los males que nos aquejan, sin tomar en cuenta los bajos niveles de cultura política de la sociedad, a la que se suma la irresponsabilidad de algunas cúpulas partidistas que se muestran poco dispuestas al diálogo y a la concertación, pero proclives al chantaje y a anteponer los intereses de grupo a los de la nación.

Afirmar de antemano que el sistema parlamentario es más adecuado que el presidencial resulta una falsedad tan grande como afirmar que la autocracia funciona mejor que la democracia. No olvidemos que los países con mejor calidad de vida tienen sistemas democráticos y que en éstos se da el mayor desarrollo en ciencia y tecnología. Habría que preguntarnos si el sistema parlamentario o semipresidencial podrían llevarnos de la noche a la mañana al primer mundo. Creo que difícilmente sería posible, en virtud de que el cambio necesitaría diversas condiciones para ser exitoso; entre otras, un sistema estructurado de partidos fuertes, dispuestos a establecer coaliciones o acuerdos permanentes; se precisaría que los partidos políticos fueran disciplinados para impedir cambios intempestivos de gobierno; también se requiere un alto grado de consenso social respecto a la existencia del sistema, que se le sienta como algo propio y no como algo extraño. Ninguna de estas condiciones existen a cabalidad en nuestras prácticas políticas.

El gran problema que vivimos es que un cambio al sistema semipresidencial, si no se reúnen las condiciones económicas, políticas, históricas, sociales y culturales, lejos de mejorar el funcionamiento de nuestro sistema debilitaría la gobernabilidad existente. Lejos de arribar a un sistema parlamentario o semipresidencial acabaríamos en un asambleísmo, tal y como ya aconteció en las décadas 20 y 30 del siglo pasado en varios países europeos. Tendríamos mayor inestabilidad e ingobernabilidad política por el frecuente cambio de gobiernos y ministros, viviríamos con gobiernos débiles incapaces de lograr consensos e imponer medidas, cuando nos urgen decisiones firmes para intentar soluciones que nos ayuden a disminuir los graves problemas sociales, económicos y culturales. No podemos arriesgarnos a conflictos políticos entre el jefe de Estado y el jefe de gobierno como ha sucedido en varios sistemas que han tratado de acotar las facultades del Presidente para establecer un cogobierno desde el Congreso, parlamento o gabinete.

En nuestro continente los sistemas presidenciales poseen algunas fortalezas sobre los parlamentarios. El elector conoce con mayor precisión por quién está votando para jefe de gobierno; en el parlamentarismo, casi siempre el elector está imposibilitado a predecir el impacto de su voto en la formación del gobierno, porque con frecuencia éste se determina en negociaciones posteriores a la elección. El abanico de opciones se amplía en virtud de que el elector puede sufragar a favor del candidato presidencial de un partido y por congresistas de otros, con lo cual impide que el poder quede en manos de un solo partido. El gobierno tiene mayor estabilidad debido a que el ejecutivo y el legislativo son elegidos para periodos fijos. La relativa separación entre poderes determina mayor control entre ellos y que los pesos y contrapesos funcionen con mas efectividad que en sistemas parlamentarios.

El nuestro es uno de los sistemas presidenciales más ortodoxos, lo que cada día es más raro en el mundo. Hay que acotar excesos del Poder Ejecutivo, así como darle más facultades al Legislativo, sobre todo en materia de fiscalización. Ahora, todo se hace “por encimita”; no hay capacidad de negociación para planteamientos que solucionen los graves rezagos que vivimos. Pero el cambio a un régimen de gobierno distinto no va a solucionar la indisciplina de los partidos, ni el choque de intereses en que vivimos, ni la falta de cultura política de la sociedad.

El PRI tiene la posibilidad de convertirse en el partido que oriente la vida nacional; tiene los recursos humanos con mayor experiencia en el gobierno, además de un compromiso histórico con los mexicanos. Vivimos, los priístas, la gran oportunidad histórica de reencauzar la agenda nacional.

EL UNIVERSAL, 16 octubre, 2007.- http://bit.ly/db0aQ2

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